martes, marzo 02, 2010

La Fábula del Bosque y el Fuego

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Érase que se era, hace muchos muchos años, un bosque. Era un bosque bastante extenso, que cubría todo un valle desde las cimas de las lomas del este hasta las del oeste, y por el que transitaba un río, alimentado a su paso por arroyos y riachuelos que nacían y morían bajo las ramas del propio bosque. La vegetación y la vida pululaban por doquier en aquel lugar.

También era un bosque muy anciano. Contaba en su haber décadas y centurias en las que sus árboles habían medrado hasta alcanzar las orillas de los ríos. Árboles altos, inmensos, siempre buscando imponerse en su carrera por captar la máxima luz solar, habían llegado a cubrir el ancho río con un techo que lo volvía lúgubre en algunas partes. El interior del bosque era aun más tétrico. A las plantas menores no les llegaba casi la luz necesaria para la fotosíntesis, así que la evolución les había empujado a trepar por aquellos árboles, en forma de enredaderas y lianas. Otros tipos de vegetación, como los hongos y el moho, crecían parasitando a los árboles, y un tercer tipo de plantas, muy resistentes y de pocas necesidades, medraban en los escasos entresijos de tierra que las grandes raíces de los enormes árboles dejaban. Plantas más amables habían sido descartadas por la lógica de la evolución.

El que en sus días gloriosos había sido un magnífico ejemplar de bosque, ahora yacía entre la podedumbre de árboles viejos, troncos muertos y carcomidos, secos y agrietados, y plantas lóbregas que trataban de asfixiar a las demás en su lucha desesperada por la supervivencia. Una capa de trozos de madera de todo tipo cubría el suelo. El bosque olía a enfermedad.

Aquel día de verano habría sido como muchos otros anteriores, en el que el viento soplaba abrasador mientras las nubes oscuras se cernían como un gigantesco pájaro negro sobre el horizonte. No era la primera tormenta estival, ni siquiera de ese mismo año. La virulencia de sus rayos tampoco era desconocida en aquellos parajes, si bien habría que remontar la memoria para recordarlos de la misma intensidad. Uno, dos, tres, varios rayos habían alcanzado algunos de los árboles más altos en las lomas, que prendieron como teas. A diferencia de otros incendios anteriores en los que se habían quemado unos pocos árboles o una pequeña zona del bosque antes de detenerse, ahora el fuego se propagaba a gran velocidad de copa en copa, y a través del suelo, donde la gruesa capa de vegetación seca ardía con ferocidad. Los caminos y los claros que hubieran servido de cortafuegos naturales no existían. Tampoco pudieron contener las llamas los riachuelos. Ni siquiera el propio río del valle, ancho como era, pudo detenerlo. El techo de ramas sirvió de cabeza de puente a los flamígeros ejércitos invasores, ayudados por el viento y las enormidad de las llamas. Aunque no hubiera sido así, tampoco hubiera habido mucho consuelo, pues numerosos focos se habían extendido ya por las dos orillas.

Los troncos, podridos en sus capas exteriores fueron un magnífico combustible que ardió durante horas y horas, liberando un enorme poder calórico. El corazón de los árboles, por donde la savia de la vida aun discurría, no podía soportar esas temperaturas. El bosque entero se convirtió en un inmenso infierno, en su propia pira funeraria.

Pero aquello no significó la desaparición del bosque. El fuego tardó en apagarse y la tierra se veía ennegrecida y muerta hasta la médula. Llovió, y la tierra pareció más muerta aun. Sin embargo, aunque invisible, la vida ya comenzaba la reconquista por su cuenta. Algunas especies habían sobrevivido en recovecos imposibles. Las esporas de otras, llegaban de otros bosques cercanos, traídas por el aire o por los insectos. El terreno estaba abonado por los restos que las plantas carbonizadas habían dejado en el suelo, y que ahora actuarían como nutrientes y fertilizantes. Poco a poco los años fueron pasando, nuevas plantas y nuevos árboles volvieron a crecer. Algunas eran las mismas que antes del incendio, otras eran nuevas variaciones, que no habían podido medrar antes en un bosque ya saturado de especies.

Pulsamos la tecla de avance rápido y vemos al bosque crecer a toda velocidad, y aunque los veranos siguen trayendo tormentas, y hasta algún árbol llega a incendiarse por un rayo, los árboles son todavía jóvenes, pequeños, verdes, están llenos de vida y no arden con facilidad. La rala hierba seca arde rápido, pero no encuentra combustible, y se apaga igual de rápido en cuanto encuentra un obstáculo. Hay muchos claros, y caminos hechos por los animales que han vuelto a poblar el lugar. El bosque ha recuperado su esplendor.

Pulsamos de nuevo el botón de avance rápido, ésta vez a mayor velocidad aun. Vemos repetidamente al bosque nacer, crecer, envejecer, y finalmente, en un momento dado, arder para volver cuan Ave Fénix a resurgir de sus cenizas. El fuego destructor ya no nos parece una catástrofe apocalíptica, sino una parte más de un ciclo vital que perdura en el tiempo. Cada 'x' años el bosque se renueva. Ello permite además a nuevas especies más adaptadas extenderse, mientras sustituyen gradualmente a los ejemplares evolutivamente menos exitosos. Tal vez no en este ciclo, ni en el siguiente, pero sí a lo largo de los milenios.

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Como en esta pequeña fábula del bosque y el fuego, la sociedad humana también tiene su propio ciclo vital. Surgen nuevos modelos sociales y económicos, e imperios de todo tipo triunfan a partir de ellos. Pero a medida que pasa el tiempo, dichos modelos socioeconómicos originalmente exitosos sufren poco a poco de la enfermedad de sus carencias, desequilibrios y limitaciones. Al principio estos desequilibrios no son obvios, no parecen un peligro, son sólo las pequeñas ramitas que caen al suelo, algo inevitable en el funcionamiento del sistema. No molestan e incluso forman parte del ecosistema general. Pero, a medida que el propio modelo se desarrolla y expande, cada vez son más y más los desequilibrios, las enfermedades, las ineficiencias, hasta que llega el momento en que se han creado las condiciones idóneas para su exterminio (toda esa vegetación muerta que se convierte en el combustible que consumirá el bosque en nuestra fábula). El sistema prosigue aparentemente su funcionamiento con la inercia de siempre, sin cambios, mientras no haya una tormenta de la suficiente intensidad como para poner en marcha el mecanismo de autodestrucción. Pero indefectiblemente llegará el día en que esa tormenta se desencadenará, es sólo cuestión de tiempo. Los rayos caerán sobre el bosque, y éste arderá.

Nosotros a estas tormentas las llamamos crisis, y señalamos a los rayos como los culpables del incendio del bosque. Pero la realidad es que el rayo sólo produce la chispa de ignición del fuego, y éste únicamente se extiende con intensidad destructora porque existen las condiciones para ello. Como dice el refrán, "cuando el sabio señala la luna, el imbécil mira el dedo". Y cuando el fuego se extiende por el bosque, el imbécil echa la culpa al factor fortuito desencadenante, mientras que el sabio profundizará en los verdaderos motivos que provocan que un factor desencadenante casual se muestre tan virulento. Y si es verdaderamente analítico, las pistas le llevarán a las verdaderas causas del mismo, que inevitablemente estarán enraizadas en las ineficiencias y debilidades del propio modelo o sistema imperante.

Hay un meme que dice que los chinos usan la misma palabra para referirse a "crisis" y "oportunidad"*, meme que para más inri es totalmente falso. Sin embargo, el meme subsiste como subsisten muchas medias mentiras: porque hay un pequeña verdad encerrada en ellas. En este caso, que las crisis no son sino el punto álgido o culminante, la fase aguda de un proceso de cambio, aquella en la que se manifiestan las transformaciones de forma más notoria dentro de un proceso de cambio más amplio. Y es en estos procesos de cambio, en medio del caos, cuando surgen más oportunidades para que nuevas especies mejor adaptadas se impongan. Lo cual no quiere decir que toda crisis lleve inevitablemente asociada una transformación radical y completa. Tienen que existir estas especies mejor adaptadas, dispuestas a arrinconar a las viejas, en el momento del cambio, o la sustitución será simplemente una renovación del modelo existente. En la naturaleza, estos cambios son muy paulatinos, con un calendario casi geológico. Pero la sociedad humana es mucho más dinámica, y siempre hay cambios pendientes y pospuestos, que aprovechan las oportunidades de la destrucción y renovación para ser adoptados.

Las crisis no son malas per sé, lo mismo que la fiebre no es mala per sé. Son una señal, una indicación, un mal trago que hay inevitablemente que pasar. Por supuesto, a todos los viejos árboles del bosque les parecerá horrible, puesto que son sobre sus restos sobre los que crecerá la nueva generación. Y por supuesto, habrá otras especies que sencillamente ardan porque están rodeadas de grandes llamas, a pesar de que en una situación distinta no habrían sufrido daños importantes. Sí, sin duda hay "daños colaterales". Es una situación injusta, aunque no por ello evitable. La buena noticia es que sin duda volverán una vez acabados los efectos del fuego.

Quienes demonizan con más ahinco una crisis son aquellos llamados a extinguirse con ella.

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Nos dicen ahora que "esto sólo lo podemos arreglar entre todos". En esa afirmación hay dos premisas falsas. La primera, que tiene arreglo. Arreglar es, cuando algo se te ha roto, conseguir devolverlo al estado previo al de la rotura. Respecto a nuestra crisis, quiere decir volver al modelo existente, al sistema que la precede y provoca. La falacia reside en considerar que se puede volver hacia atrás, que todo puede quedar como estaba. No, lo que se quema, se quema y no se puede "des-quemar". La segunda premisa falsa considera que todos estamos interesados en volver a la situación anterior. Bien, yo no sé los demás, pero desde luego yo no estoy para nada interesado en volver al modelo anterior. Es más, estoy convencido de que las "ramas caídas", y las esporas de nuevas especies que esperan florecer tampoco lo están. Al contrario, estarán deseando que se consuma definitivamente la destrucción para poder germinar en el nuevo modelo. Yo al menos lo estoy, impaciente por librarme de todo ese ecosistema muerto que impide florecer a los prometedores retoños. Y desde luego, no voy a mover un dedo por tratar de perpetuar el viejo modelo, primero porque no es posible —y es suicida— tratar de parar un fuego de tal magnitud con un balde de agua. Y segundo, y fundamental, porque va en contra de mis intereses. Esperaré sentado con mi lira mientras veo arder Roma ("quédate sentado en la puerta de tu casa y verás pasar el cadaver de tu enemigo"). Luego... luego habrá mucho trabajo de reconstrucción por hacer.

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Me gustaría terminar con un fragmento de "El Príncipe" de Nicolás Maquiavelo (capítulo VI):
[...] Las dificultades nacen en parte de las nuevas leyes y costumbres que se ven obligados a implantar para fundar el Estado y proveer a su seguridad. Pues debe considerarse que no hay nada más difícil de emprender, ni más dudoso de hacer triunfar, ni más peligroso de manejar, que el introducir nuevas leyes. Se explica: el innovador se transforma en enemigo de todos los que se beneficiaban con las leyes antiguas, y no se granjea sino la amistad tibia de los que se beneficiarán con las nuevas. Tibieza en éstos, cuyo origen es, por un lado, el temor a los que tienen de su parte a la legislación antigua, y por otro, la incredulidad de los hombres, que nunca fían en las cosas nuevas hasta que ven sus frutos. De donde resulta que, cada vez que los que son enemigos tienen oportunidad para atacar, lo hacen enérgicamente, y aquellos otros asumen la defensa con tibieza, de modo que se expone uno a caer con ellos. Por consiguiente, si se quiere analizar bien esta parte, es preciso ver si esos innovadores lo son por si mismos, o si dependen de otros; es decir, si necesitan recurrir a la súplica para realizar su obra, o si pueden imponerla por la fuerza. En el primer caso, fracasan siempre, y nada queda de sus intenciones, pero cuando sólo dependen de sí mismos y pueden actuar con la ayuda de la fuerza, entonces rara vez dejan de conseguir sus propósitos.
La advertencia de Maquiavelo sobre los cambios de gobierno/gobernante es extrapolable a una situación de crísis: la innovación genera siempre una fuerte oposición (de ahí los términos "conservador" y "reaccionario"). Así que para que la innovación perdure, debe ser más poderosa que el sistema que sustituye, o fracasará. Está por tanto en la mano de los innovadores —de los beneficiados con el cambio— el éxito, demostrando su poder (= su adaptabilidad) frente a los modelos, sistemas y agentes a los que pretenden sustituir.

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* ahora un buen fan de los Simpson pensaría "Sí, crisistunidad"

2 comentarios:

Gaspar dijo...

Deliciosa entrada. Me encanta.

atroz dijo...

el bosque es de todos: ¡quema tu parte!